Vicent Martí, un labrador de 73 años de Meliana (provincia de Valencia), comparte hoy su profunda visión sobre la agricultura ecológica y la vida tradicional, contrastándola con los hábitos alimentarios modernos y los cambios en la huerta.
- Vicent Martí, un labrador de 73 años de Meliana, fue criado en una casa con animales y cultivos.
- Según Vicent, la cocina tradicional valenciana ha desaparecido en la ciudad, donde se impone la comida rápida y de mala calidad.
- El acuífero de la huerta está envenenado por productos aprobados por el Parlamento Europeo, que Vicent asocia con el cáncer.
En medio de la huerta de Meliana, entre dos edificios encalados, Vicent Martí comienza a preparar una mesa en el pasillo. Son las diez de la mañana y el sol ya empieza a apretar, pero la sombra que proporcionan las construcciones hace el ambiente más agradable. Neta, una perra ratonera típica de este entorno, olisquea a los visitantes mientras mueve la cola. De la puerta de la vivienda, cubierta con una mosquitera, sale una mujer con una tortilla de patatas en una mano y unas tostadas con sobrasada casera en la otra. Las moscas son pesadas, como el día, y el aire huele a gallina. Detrás, se aprecian pilas de leña junto a un arado, y más allá, los campos. Poco después, una joven aparece con una fuente de vidrio llena de tomate troceado. Es la hora del desayuno y Vicent, con el pecho y la espalda curtidos por el sol, los brazos fuertes, las manos enrojecidas y tierra bajo las uñas, se sienta a comer. Todos los productos que se consumen son suyos, cultivados por él mismo.
Aunque su apariencia es la de un hombre modesto, su conversación revela una profundidad notable, casi la de un filósofo. Sara, de 24 años, estudiante de Psicología e hija de su pareja, mucho más joven que él, le ha puesto en marcha una cuenta de Instagram para la divulgación de sus ideas. Sin embargo, días después no recordarían las claves y tendrían que empezar de cero con la cuenta @alqueria_vicent_marti.
La vida en la huerta de Meliana: un mundo perdido
Vicent pertenece a la generación que nació en la cama de casa, rodeada de bueyes, gallinas y patos. «Era otro mundo», recuerda. «A mí me gustaba más: tenía vida, armonía. Me encantaba escuchar a los abuelos contar sus historias». No estudió más allá de los 14 años, una edad que incluso le pareció excesiva dado lo poco que le gustaba. «Soy una persona súper inquieta y a mí eso de estar sentado… Mi hermano, en cambio, era un intelectual», explica.
Su conexión con la tierra y los animales es profunda. Vivió en una casa muy humilde con dos bueyes, la yegua, una burra, gallinas y conejos, siendo uno más entre ellos. Recuerda haber visto una película sobre la relación de los niños en Mongolia con los caballos, lo que le removió todos sus recuerdos. «Vivía en compañía del estiércol, de los animales y muchas moscas. Todo eso aparece después. Es una sensación que a mí me ha ayudado mucho a vivir», afirma. Los mayores, según él, tenían una paciencia que ahora se ha perdido, como para ver crecer la cosecha. También enseñaban a ahorrar, una lección que le ha permitido tener un «colchón» por si surge una necesidad. Sara, atenta alumna, que escucha y observa a Vicent con devoción, señala que los seres humanos deberían aprender del comportamiento de los animales, una afirmación con la que el labrador asiente orgulloso.
La crítica de Vicent a la alimentación actual
El tomate que cultiva Vicent está maduro y se nota que no lo han tenido en la nevera, lo que le permite alcanzar su plenitud. Vicent asiente con la cabeza. «Nuestra cocina, que es fantástica, en la ciudad prácticamente ha desaparecido. Se impone la comida rápida y mala», lamenta. Recuerda que hace muchos años iba con su padre a la Estación del Norte (estación de tren de Valencia) y allí había un bar con un expositor enorme lleno de comida «de la nuestra». Ahora, en cambio, solo hay sitios que no tienen nada que ver con la cultura culinaria propia, porque «el imperio se impone». Su conclusión es clara: «Yo creo que la gente ahora come fatal».
Vicent comienza a expresar sus verdades con la misma contundencia que los puños de Muhammad Ali. «Yo soy transparente. Soy como soy y ¡hala!», afirma. Este agricultor de 73 años, criado entre cebollas, alcachofas y lechugas, echa de menos los tiempos en que la tierra olía a los animales del terruño. La comida ha ido desapareciendo de la mesa. Un gato está tumbado a un lado sin importarle lo que hacen los humanos. Mientras Vicent se come un trozo de calabaza asada, sale por la puerta un matrimonio, una pareja mayor. Vicent se da cuenta de que los visitantes intentan adivinar de quién les suena ese hombre y se apresura a aclarar la duda: «Sí, es Eliseu Climent; es mi cuñado».
Los cambios en el entorno de la huerta y su impacto
El labrador de Meliana pasa a contar cómo ha cambiado su entorno, una transformación que califica de «barbaridad». Cuando era pequeño, solo había la playa y la «vía pedrera», que iba del puerto de Valencia a El Puig (municipio cercano a Valencia). Vicent saca el móvil y busca una foto que le enviaron de cómo era todo hace décadas. «Estos edificios de aquí», dice, señalando la fotografía, «esto era lo que llamaban Casa El Gato. Era una casa señorial. Y es donde ahora está Saplaya. Y por donde iba la vía pedrera hicieron la primera carretera. No había nada más: campos y alquerías (casas de campo típicas valencianas)».
Además de lo que es visible, hay un problema invisible pero fundamental: el acuífero. Según Vicent, este está «envenenado» debido a una «cantidad de productos bestial», aprobados por el Parlamento Europeo, los cuales, en su opinión, «provocan el cáncer». Esta preocupación subraya su visión crítica sobre los cambios en la agricultura y el impacto en la salud y el medio ambiente.